¿Somos feministas?

La respuesta la pueden encontrar en este video de Regeneración Radio, la transcripción está abajo.

La visión de los vencidos

Subcomandante Galeano. CIDECI, Chiapas. 5 de Mayo del 2015

Durante algún tiempo a él le tocó hablar, no por las compañeras indígenas zapatistas, sino acerca de ellas y su lucha específica. Esas veces ellas hablaban a través de él, malo o bueno, eso les corresponde decidirlo a ellas. Si se sentían representadas o no, ellas juzgarán. Afortunadamente ahora, y desde hace muchos años, son las mismas compañeras las que dicen su palabra.

Hemos escuchado ahora una especie de extracto de la genealogía de la lucha como mujeres, como indígenas y como zapatistas. Tres generaciones de rebeldes zapatistas, no sólo contra el sistema sino también contra nosotros. Faltan en esta mesa al menos otras dos generaciones. La una debe andar entre los 12 y los 15 años y son las que luego serán promotoras de educación o de salud, o escuchas, o tercios compas, o insurgentas, o lo que la creatividad de los pueblos zapatistas vaya abriendo como espacio rebelde y libertario. Hay otra generación más, las niñas zapatistas que andarán rondando los 8 años y cuyo torpe retrato estoy tratando de dibujarles con Defensa zapatista. Esta niña irreverente que sintetiza cuatro generaciones de lucha y que es, al menos por ahora, impredecible.

Al contarnos su historia, las compañeras han sido generosas porque no han dicho una parte, o si acaso, sólo la han mencionado. Me refiero a nuestra resistencia como varones zapatistas. Nuestra resistencia contra ellas. Nuestro terror al ver como iban rompiendo moldes y esquemas; y se iban saliendo, sin pedir permiso, del papel que el sistema pero no sólo el sistema, también nosotros les habíamos impuesto.

Al revisar nuestra historia, veo que hay ahí una derrota. Que los triunfos que han apenas mencionado no sólo no reflejan ni palidamente las dificultades y obstáculos que deben vencer todos los días y a todas horas. Que falta dejar claro que lucharon también contra nosotros y que nos derrotaron.

Por eso detrás de su historia está también nuestra visión, la visión de los vencidos. Aunque no del todo es cierto, porque como la hidra estamos dispuestos a recuperar nuestra antigua posición, aprovechando cualquier resquicio, cualquier signo de debilidad, cualquier síntoma de que han bajado la guardia. Y yo que sintetizó mejor que nadie el machismo y el sexismo zapatista. Porque lo hay, como lo hay el sexismo de izquierda y el sexismo libertario.

Me pongo a pensar en las posibilidades que tenemos como género de recuperar lo perdido. A cada derrota que nos han infringido he dicho: volveré y seré millones. Pero cada vez éramos menos, como que los compañeros zapatistas los más jóvenes ven como más natural estos cambios y los demás crecen ya con esa nueva realidad.

Pienso que tal vez podríamos convencer a la Comandanta Miriam que ya no participe en el Comité Clandestino Revolucionario Indígena – Comandancia General del Ejército Zapatista de Liberación Nacional. No sé, le podríamos decir que ya cumplió. Que se descanse. Que sus hijos ya criaron. Que vuelva solo a su casa. Lo dudo, pero podríamos tratar. Pienso que tal vez podríamos convencer a las Comandantas Dalia y Rosalinda que mejor busquen marido. Que se dejen de andar de un lado a otro en reuniones. Que asistan a estos actos, que mejor busquen su hombre. Que crien una familia.

Difícil, pero podríamos intentarlo. Pienso que ya podríamos ir renunciando a la posibilidad de convencer a la generación de Lisbeth y de Selena que se dejen de luchar como mujeres que son y que mejor se hagan como las jóvenes partidistas y den marcha atrás al reloj de la lucha y se conviertan en lo contrario contradictorio de lo que son ahora.

No se me ocurre siquiera cómo podríamos dirigirnos a la generación de la Toña, la Lupita y la Estefanía para decirles que mejor no estudien. Que mejor aprendan a tortear a mano, en lugar de saber usar el celular, la computadora, las videocámaras y el internet para la lucha zapatista.

Y miren les voy a ser sincero, de la niña defensa Zapatista solo se me ocurre compadecer a quien sea su marido… o su marida. Si me preguntan qué va a ser de esa generación, ¿cuál va a ser su modo?, ¿sus ansias?, ¿sus desafíos?, ¿su entorno?. Entonces le respondería remedando el cuento del gato perro y les diría “no lo sabemos todavía”. No me queda sino advertirle al Pedrito que las zapatistas con las que se relacionará en años serán más otras y que una posición defensiva no le hará daño.

Haciendo cuentas sumando y restando, alcanzo a ver, o intuyo, que nuestra derrota es irreversible. Que no sólo hemos sido derrotados, sino que también hemos sido vencidos. Y les digo sinceramente, con el corazón en la mano, que frente a esta lucha heroica sólo me queda el consuelo de que nuestra torpe resistencia les haya servido a las compañeras para obligarse a ser mejores, mejores mujeres y mejores zapatistas.

Pero si me piden que haga un esfuerzo y trate de remontarme al inicio, al origen de esta genealogía terrible y maravillosa; es decir, les diría que el asunto empezó con las insurgentes. Estas compañeras que en la montaña o donde les toque, renunciaron a una vida en y con familia. Ellas que lucharon y luchan por esto y por lo que sigue. Porque si les preguntamos “¿cómo ven lo que se ha hecho?”, dirán: “bueno sup, pues claro te digo que falta”. De por sí, yo, cuando hace 31 años llegó a un campamento de montaña la primera indígena insurgente, sentí un escalofrío recorrer todo mi hermoso cuerpo. ¿Qué? ¡No sean maloras, ‘ombre! (ya no hay respeto). Sentí, que no con ella, sino con lo que ella representaba, llegaba una profecía: “ningún hombre podrá nunca decir que te venció, pero si habrá quien pueda decirlo”. Por lo demás no se crean soy zapatista, así que ya se me ocurrirá algo para contraatacar.

Ahora bien, ya les he explicado el Sup Moi (Subcomandante Moisés) que en nuestra organización hay indígenas y no indígenas. Esto quiere decir que hay compañeras no indígenas que son zapatistas. Nosotros, nosotras, zapatistas; las consideramos parte nuestra, así como consideramos este espacio, el Cideci y la UniTierra, y a quienes enseñan, aprenden, trabajan y luchan como zapatistas. El compañero maestro zapatista Galeano dijo alguna vez que hay quien es zapatista y no lo sabe hasta que lo sabe. Por las condiciones de nuestra lucha las compañeras no indígenas no pueden mostrarse ni siquiera ocultándose. Es más, ellas tampoco son muchas ahora, apenas si agotan un par de manos. Aquí la niña Defensa zapatista interrumpe para recordar: “ya vamos a hacer más, de repente dilata, pero si vamos a hacer más”.

Además de que le tienen aversión a los templetes, a mostrarse a la luz, prefieren la oscuridad, el anonimato, la sombra. Así que yo creo que ni con pasamontañas aceptarían sentarse aquí, frente a ustedes. Ellas son nadie como ninguno de nosotros lo es. Las palabras que voy a reseñar son colectivas aunque aparecerán como de una sola persona, una compañera.

Mi trabajo fue solo recopilarlas y aguantar la tormenta que en ella se levanta. Voy a usar palabras un poco rudas y duras. Debo decir en mi defensa que todas esas palabras provienen de compañeras mujeres zapatistas no indígenas. Así que si se van a escandalizar; pues siéntense, porque falta lo que falta.

Habla la compañera:


Ustedes son pero bien pendejos. Creen que nos arreglamos para agradarles o para atraerlos. O como dicen ustedes, porque estamos queriendo o buscando. Ya va siendo hora de que entiendas que nos arreglamos porque nos da la gana. Porque así nos sentimos más cómodas, o porque nos gustan esos zapatos, o esa blusa, o esa falda, o ese pantalón. Total muy nuestros pies y muy nuestro cuerpo. O porque nos tenemos que arreglar porque el pinche patrón o patrona nos dice que así tenemos que ir a la chamba, al jale, a trabajar. 

Y últimamente a ustedes que madres les importa porque nos arreglamos. Ustedes son como un cazador esquizofrénico. Creen que la ciudad es un coto de caza y que las mujeres somos como animales idiotas que hacemos todo lo posible para convertirnos en blancos fáciles. Cualquier cazador sabe que no es así, pero los varones machistizados (ése fue el concepto que inventó) son tan imbéciles que piensan no solo que las mujeres somos una pieza a cobrar (así se dice en el argot de los cazadores), sino que además somos una pieza que hace todo lo posible por ser descubierta y por ponerse en la mira del disparo de bala o de semen.

Mira, los piropos. Los piropos por muy inocentes que sean o parezcan, pueden, y con razón, ser recibidos como acoso. Porque no podemos esperar que en una sociedad capitalista como la nuestra, hablo de México, con la tasa de feminicidios y de violencia de género que tenemos, que no tengamos miedo. Es ridículo no esperar que reaccionemos con rechazo.

Además yo creo que es que ustedes son idiotas, ¿o qué? (claro yo puse cara de “¿ustedes?, pero si yo” o sea que puse cara de “o qué”; sigue la compañera). ¿A poco creen que si nos dicen “mamacita que buena estas” o que si nos agarran las nalgas en la calle o en el trasporte público, lo que, además, es por cobardes, para que no sepamos quien fue o poder poner cara de “yonofui” vamos a arrojarnos en sus brazos y decirles “tómame, hazme tuya papaíto”?, Además luego son unos culeros, porque si nosotros les decimos “qué bueno estas papito” o les agarramos las nalgas, se cagan de miedo y no saben qué hacer. Ustedes no quieren ligar o tener sexo, ustedes quieren dominar, mandar, violentar.

Y luego creen que somos tan idiotas como ustedes, porque llegan con el royo de “oye compañera, está muy bueno eso de la lucha, explícame más”, ah bueno, y por qué no nos vamos a tomar un café y seguimos platicando? Es que eres muy inteligente”. Y nosotros pues explicamos. Ustedes de weyes piensan que es porque queremos con ustedes, y no tardan con salir con su “oye, pues yo quiero contigo” y etcétera. Y entonces cuando les decimos que no, que no va por ahí la cosa, salen con su “pinche vieja lesboterrorista, lo que necesitas es una buena cogida para que te dejes de pendejadas, pinche vieja, ni que estuvieras tan buena”.

(Algunas partes de lo anterior las copié textualmente de una plática en Twitter, entre una mujer que explicaba algo del feminismo y uno de sus followers, un machito cibernético, pues. Me imagino que después le dio block, mute, y unfollow.)

(Se lo enseñé a la compañera y me dijo: “así es de por sí, pero no solo en Twitter, también en la realidad“. La compañera no paraba. Claro yo, bien hombrecito, aguantando la embestida. Yo sólo pensaba: “mta madre, y ésta no fué zapatista cuando de niña, ahora imagínate a Defensa zapatista cuando crezca”. Claro, soy macho pero no wey, solo lo pensé pero no dije ni pío. Sigue la compañera.)

Sí, tienes razón cuando dices que luego las mujeres somos más crueles con otras mujeres comparadas con los hombres, que usamos insultos machistas para referirnos a otras mujeres, que les decimos “puta”, “ofrecida”, “robamaridos” o como en tus películas de Pedro Infante “motivosa” que todas son palabras que ustedes inventaron. Pero ¿No dices que todo es un proceso? ¿Qué en las comunidades indígenas las mujeres fueron y están construyendo su propio camino sin que nadie les diga cómo, o les dé órdenes, o les imponga manuales o recetas? Bueno pues nosotras también estamos aprendiendo. Y la cultura que nos jode por sus pendejadas de ustedes, también nos jode en nuestra cabeza. Y por eso es que luego hay tanto feminismos como mujeres, porque cada quien su modo, y cada una tenemos nuestra propia historia y ahí vamos buscando como pelearlos y cómo vencerlos.

Y ustedes, frente a nuestra lucha, pueden ponerse a modo o no. Pero fíjate que dije “Frente a nuestra lucha” o sea que no son parte de nuestra lucha.

Por muy sensibles y receptivos que sean, no pueden ser feministas, porque nunca van a poder ponerse de este lado. Nunca van a menstruar. Nunca van a desear o temer embarazarse. Nunca van a parir. Nunca van a padecer la menopausia. Nunca van a sentir miedo de salir a la calle en plena luz del día, de pasar frente a un grupo de hombres. Nunca van a nacer, crecer, vivir con el temor que surge de ser lo que se es. Y no es que deseemos no ser mujeres, y que maldigamos el haber nacido mujeres y que hubiera sido mejor nacer varones. No, lo que deseamos, y luchamos por ello, es que podamos serlo sin que eso sea un pecado, una falta, una marca, algo que nos predestina ya a estar siempre a la defensiva o a ser víctimas directas. Así que no me vengan con que hay hombres feministas. Cuando esos hombres me traigan una toalla femenina manchada de su sangre menstrual, entonces hablaremos, o tal vez ni así.

(En el entretanto yo he mirado con atención el cuerpo de la compañera. No, no le estaba viendo las nalgas o los pechos. Estaba viendo los brazos, las piernas y viendo qué tipo de zapato calzaba. Calculaba yo el alcance impacto de un puñetazo, de una patada. El cálculo fue vertiginoso así que me retiré a una distancia que yo consideraba prudente. Estaba brava pues. La compañera tenía lágrimas en los ojos, pero no eran lágrimas de una víctima. Eran de coraje, de rabia. Recordé entonces las lágrimas en los ojos de las compañeras y compañeros frente al cadáver del compa Galeano. Las lágrimas de los familiares de los ausentes de Ayotzinapa cuando nos cuentan su historia. La compañera ni siquiera tomó un pañuelo, con la manga del brazo se limpió las lágrimas y continuó.)

Sí, ya sé que me vas a decir que la culpa es del pinche sistema capitalista. Pero también pinches ustedes que nada hacen, que son unos dejados. Ahí andan con que es muy importante luchar contra el sistema y ustedes son también el pinche sistema. Ustedes y nosotras también. Pero nosotras no andamos de dejadas, al menos resistimos. Ustedes ni eso, por haraganes y convenencieros, por culeros. Y sí, ya sé que ese es un insulto machista, pero les arde y por eso se los digo.

Y mira, te voy a decir lo principal nos lo han enseñado nuestras compañeras de las comunidades zapatistas. Porque luego también nosotras somos culeras, que pensamos que estamos mejor o que sabemos más, o que no estamos tan jodidas. Y entonces queremos darles clases de feminismo, enseñarles a luchar por sus derechos. Esas son mamadas. No tenemos nada que enseñarles. Por muchos libros, o por muchos tuits, o por muchas mesas redondas, o encuentros. Y las compañeras cuando vamos o cuando vienen, no nos vienen a decir qué hacer, ni nos critican, ni nos miran, ni nos mal hablan, como dicen ellas. Nos hablan y nos dicen que quieren aprender. Dime si no te jode eso. Si nosotras no tenemos nada que enseñarles. Ellas nos dicen con su lucha propia, con su historia, que cada quien su modo.

Cuando nos cuentan sus historias nos dicen: “así somos nosotras, pero cada quien su modo”. Lo más cabrón es que con su lucha nos cuestionan, nos preguntan, nos dan un madrazo de esos que se agradece. Porque nos avientan un “¿y tú qué?” que te da para abajo y te da para arriba de una forma que olvídate del síndrome premenstrual.

Lo que nos hizo a mí, y creo a otras, acercarnos al zapatismo no fueron las compañeras, o sí, también las compañeras zapatistas. Y no porque quisiéramos ser como ellas, pero ni modo, también tienen que ver los pinches compañeros zapatistas. Lo que pasa es que el zapatismo es bien cabrón, porque te hace que quieras ser mejor pero sin dejar de ser lo que eres.

Te dice y te pregunta: “aquí estamos nosotras haciendo esto aquí, ¿qué estás haciendo tú allá?”. Y el zapatismo no anda con mamadas que gorda, que flaca, que alta, que chaparra, que prieta, que güera, que fresa, que reventada, que vieja, que joven, que sabía, que ignorante, que campesina, que ciudadana. Y créeme que no hay amor más cabrón que ese. Que te respeta, que te ama justo como eres, pero te envenena porque al mismo tiempo te hace que quieras ser mejor persona, mejor mujer. No te lo exige, no te lo dice, vaya; ni siquiera te lo insinúa y ahí está lo jodido. Porque esas ganas nacen de ti misma y no hay nadie a quien reclamarle, ni a quien darle cuentas, si no al pinche espejo. Y no podemos echarle la culpa a los pinches hombres, o al pinche sistema, o a las condiciones, o a la chingada. Es bien, pero bien, cabrón porque te avienta encima todo. O sea que te obliga a que te hagas responsable de ese amor. No te deja ni un pinche rincón donde esconderte… Pinche zapatismo.


Yo me aguanté como los machos. Apunte todo. No edite nada. Están las palabras tal y como las escuché o las leí. Están cabal no porque las haya grabado, sino porque estarán de acuerdo conmigo, son palabras difíciles de olvidar. Al final le dije a la compañera que iba a presentar esas palabras en el semillero. Que si quería agregar algo más, para el colofón como quien dice.

Ella lo pensó apenas unos segundos y dijo sí: “dile a los pinches hombres que vayan y chinguen a su pinche padre. Sí, su padre porque su madre no tiene la culpa de que sean tan pendejos. Y dile a las compañeras que…” (la compañera zapatista, que todavía no sabe qué es zapatista, no duda, más bien parece que está buscando una palabra y no le encuentra) “mira, yo no soy creyente pero no encuentro ahorita otra expresión para decirles lo que pienso. Así que dile a las compañeras que las bendiga Dios. Que espero algún día no estar frente a ellas, sino a su lado y no sentir que la vergüenza me arde en el pecho. Que espero que llegue el día en que cuando me digan compañera sea por lo que soy. Porque lo soy. ¡Y ya! Porque tengo que ver lo de los tercios compas, y hacer lo de la revista, subir los comunicados a la página, transcribir la grabación, la revisión del texto, la artesanía, ir a la reunión, a la chamba, al jale, al trabajo, a la lucha, siempre a la lucha. Y dile al gato perro que si se vuelve a orinar la silla, me va a oír”.

Se fue la compañera. Yo me revisé para ver si no tenía ninguna fractura o hemorragia. Si no tenía ninguna herida. Si no había perdido nada, además de la soberbia. Viendo que mis hermosas partes estaban cabal, me vine a la computadora a escribir estas palabras. Claro, antes le avisé al gato perro que se vaya buscando un país donde no haya tratado de extradición. Y ya, con esto queda demostrado que los hombres siempre tenemos la última palabra; y es, gracias. Gracias a las insurgentes, gracias a las mujeres zapatistas indígenas y no, gracias a las compañeras de la sexta, gracias a las compañeras que no son de la sexta pero igual luchan. Gracias.


Estas palabras nos hicieron entender que tenemos que luchar por un mundo donde las mujeres puedan vivir sin tener miedo. Es por eso que nuestro compromiso es este.

Estamos agradecid@s con Frauenstreik Bonn por invitarnos a su protesta del 8 de marzo del 2021. ¡Muchas gracias Kate y a todas en Frauenstreik!

#8MZapatista